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En la universidad se sorprenden cuando saben que soy gitana. Siempre he tenido que justificar quién soy y de dónde vengo
Foto tomada de elpais.com

Fecha: Mayo 04, 2022 | Fuente: elpais.com

En la universidad se sorprenden cuando saben que soy gitana. Siempre he tenido que justificar quién soy y de dónde vengo

Los estudiantes de este colectivo aumentan en las etapas postobligatorias, salvando dificultades económicas e incomprensión de parte de su comunidad y del resto de la sociedad

"Cuando estudiaba en primaria ya quería ser maestro. Quería enseñar en mi escuela, me gustaba mucho. Pero en la ESO se impuso la realidad: yo quería seguir, pero pensaba que un gitano no podría o no valía para ser maestro". Por suerte, ni los estigmas ni los prejuicios se interpusieron en el camino de Isaac Heredia. Con el apoyo de su familia y la ayuda de su tutora, acabó cursando un ciclo de grado medio (los que se estudian después de la escuela obligatoria), pero no llegó al superior (en el escalón siguiente al bachillerato).

"Por problemas económicos, pero también de motivación y faltas de referentes. Me sentía solo y me fui a trabajar con la familia. Pero me quedó la espinita". Cuando supo del acceso a la universidad para mayores de 25 años no se lo pensó dos veces. Actualmente cursa segundo de Magisterio en la Universidad de Barcelona.

Hace casi cuatro décadas que el colectivo gitano empezó a incorporarse al sistema educativo y todavía son una minoría los que llegan a los estudios postobligatorios: un 4% de los jóvenes entre 17 y 24 años matriculados llega a la universidad, mientras que la presencia en la FP es del 13%, según datos del Secretariado Gitano. El gran lastre continúa siendo el abandono escolar: un 64% en este colectivo, también según esta entidad, mientras que en el conjunto de la población bajó al 13% durante la pandemia, acercándose más que nunca a la media europea.

Pero a pesar de las dificultades y prejuicios, hay quien decide continuar con su sueño. Isaac creó Rromane Siklovne, la asociación de estudiantes gitanos del Bon Pastor, el barrio de Barcelona donde vive, para concienciar a los jóvenes sobre la importancia de los estudios. Y hace siete años se convirtió en promotor con la Fundación Pere Closa, que trabaja en unas 150 escuelas e institutos catalanes, para asesorar a los estudiantes, motivarlos y evitar que abandonen los libros. "Muchos de estos chicos piensan que no pueden ser lo que quieran y cuando conocen un referente que lo ha logrado ven que sí es posible", explica. Isaac Heredia (en el centro, con barba), con un grupo de estudiantes en el Institut Escola El Til·ler, en el barrio barcelonés de Sant Andreu. Isaac Heredia (en el centro, con barba), con un grupo de estudiantes en el Institut Escola El Til·ler, en el barrio barcelonés de Sant Andreu. CARLES RIBAS (EL PAÍS) La intervención de las entidades dedicadas a la formación del pueblo gitano es clave en el éxito de estos jóvenes por el apoyo que ofrecen, también, en el ámbito emocional y económico, en forma de becas. "Es muy difícil ser el primero de la familia que va a la universidad y que tu entorno lo entienda. A veces, hay un proceso de aislamiento de la comunidad porque el estudiante tiene que seguir estudiando y esto le puede generar un sentimiento de: "No estoy con los míos". Es muy difícil conseguir el equilibrio familiar, educativo y de la comunidad", tercia Miguel Ángel Franconetti, de la Fundación Pere Closa.

El Secretariado Gitano, a través del programa Promociona +, ofrece orientación educativa y ayuda económica a unos 500 jóvenes que cursan estudios posobligatorios en diferentes comunidades y cuentan con un programa de becas de posgrado para mujeres en Castilla y León. Andrea Fernández, de 21 años, sabe bien que el camino hasta la universidad no es fácil para una mujer gitana, sobre todo si eres la primera de la familia. Siempre se le había dado bien la escuela y sacaba buenas notas; su familia le aconsejó la FP, pero ella quería hacer Bachillerato. "En cuarto de la ESO vi un reportaje de una chica gitana que había hecho Magisterio y me dije: "Si ella puede, ¿por qué no yo?". Finalmente, cursó el Bachillerato científico porque quería entrar en el grado de Matemáticas, pero abandonó la carrera en el primer semestre. "Se me hizo un mundo, me sentía una hormiga porque no conocía a nadie. Además, tenía que coger el tren cada día y yo no había cogido nunca un tren. Y la carrera era muy difícil", relata. La familia no quería que abandonara y, al final, entró en Psicología el curso siguiente. Una de las responsables que evitó que Fernández abandonara fue la red gitana universitaria Campus Rom, nacida en Cataluña en 2016 —y ya presente en Aragón y Valencia— cuando unos graduados gitanos se reunieron para ayudar a otros miembros de la comunidad a preparar el examen de acceso a la universidad para mayores de 25 años.

Actualmente, son una red en la que los estudiantes con más experiencia ayudan a los más nuevos, tanto a en el ámbito académico como para hacer trámites. "Al principio en la universidad no sabía dónde ir y, a la hora de preparar una asignatura o un examen, mi familia no me puede ayudar porque tienen estudios básicos", recuerda Andrea, convertida ahora en mentora de alumnos más jóvenes. La lista de dificultades que deben sortear estos jóvenes es larga: la económica —las becas públicas no cubren todos los gastos— o las carencias de formación de base. "Vienen de escuelas segregadas y deben invertir más horas para ponerse al nivel de sus compañeros", explica Manuel García, copresidente de Campus Rom.

A veces, también es necesario sortear las reticencias de su propia comunidad. "Uno de los problemas es la falta de expectativa del entorno. Cuando eres la única de la familia que ha finalizado la ESO ya se ve como un éxito y no se espera que vayas más allá", apunta Mónica Chamorro, directora del Departamento de Educación del Secretariado Gitano. Muchos de ellos, además, soportan cargas familiares porque son padres muy jóvenes o han de compaginar los estudios con obligaciones laborales. "Trabajo, tengo familia, voy a la universidad y soy gitano. Es un equilibrio supercomplejo y agotador", admite Isaac. Trabaja por las mañanas, estudia por la tarde y el poco tiempo que le queda libre lo dedica a su mujer y sus dos niñas, de tres y seis años.

 

 

 


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